• Olajui

XI Relato personalizado: "Erea"


Erea, antes de ser niña, fue semilla.

Como todo y como todos en esta tierra. Así es la natura perfecta.

Primero semillas pequeñas, después flores grandes.


A las semillas hay que regarlas y darles mucho amor. Es bueno susurrarles, decirles cosas bonitas y creer en ellas. Papá y mamá creían mucho en la


semilla que habían plantado.


Para asegurarse de que todo iba bien, sacaron una muestra de tierra de la maceta y la llevaron a analizar. En el centro de botánica les dijeron que la tierra no era de buena calidad y que solo había un 15 % de probabilidades de que naciera una flor de las buenas. Esos primeros meses fueron difíciles, todo el mundo opinaba y, a veces, no todo el mundo opinaba bien: a esta tierra le falta agua, a esta tierra le sobra agua, no hay suficientes minerales, hay demasiados minerales, es un 50 % ácida, y tiene un 35 % de pulgón...

Les aconsejaron que era mejor que dejasen pasar el tiempo y plantaran una semilla más adelante. Ellos, derrotados, dejaron caer las lágrimas y sintieron mucho miedo. Sin embargo, lo que no sabían era que esas lágrimas regaban de amor a Erea y le daban la fuerza necesaria para seguir creciendo. Erea estaba decidida a ser un girasol, perseguir los rayos del sol todo el día. Luchó para abrirse paso entre la rugosidad del suelo árido y un día asomó su tallo a la luz. Entonces, mamá y papá escucharon una canción muy bonita, sintieron el aliento y la caricia de su semilla. Erea estaba ahí, buscando el calor y la luz. Mamá y papá decidieron ese mismo día que harían todo lo que estuviera de su mano para ayudarla a crecer fuerte.


Por eso mamá se adentró en un campo de girasoles precioso, para que la energía de todas las flores del mundo entrara a través de su vientre y le susurrara a su semilla: «Erea, aquí te esperamos, el mundo es maravilloso y tú serás la flor más fuerte».


O.

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