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Una estampa de Loro Piceno


El 30 de octubre, después de varios meses convulsos, la tierra se pronunció fuertemente, robando el sueño a muchos, la estabilidad a la mayoría y dejando el pueblo sumido entre silencios y escombros


En Loro Piceno la vida se vive de manera tranquila, casi aturdidos por el vaivén de las horas, que nos mecen entre rayos de sol y nubarrones grises. Se alternan y juegan a dibujar sombras sobre nuestra casa con ruedas, ajenas a nuestras necesidades de energía solar.


Loro Piceno, en la región de Le Marche, es un pueblo que se vio gravemente afectado por el terremoto de Amatrice de 2016. El 30 de octubre, después de varios meses convulsos, la tierra se pronunció fuertemente, robando el sueño a muchos, la estabilidad a la mayoría y dejando el pueblo sumido entre silencios y escombros. Dicen que la tierra se sigue moviendo de vez en cuando y que algunos han desarrollado el instinto de saber cuándo se está acercando el siguiente temblor. "La tierra aquí está viva", dicen. Mientras tanto muchas familias aún esperan a que las obras de reforma de sus casas empiecen, pues muchos aún viven acogidos por familiares. "El año que viene", comentan suspirando.  

La vida ha continuado por inercia y supervivencia. Por las calles se siente la soledad de un pueblo casi deshabitado entre las casas apuntaladas y las otras, en las que pareciera que no vive nadie, aunque no es cierto. Los que salen y cada tarde pasean, nos regalan sonrisas y nos ofrecen una suave amabilidad. 

Los vecinos reciben con los brazos abiertos a quien por aquí llega. Están en intentos de promover el turismo de autocaravana y con la esperanza de repoblar poco a poco este sitio de tradición arraigada y "vino coto" en cada brindis. 


El otoño arrecia y la ola de frío de la semana pasada ha dejado las cumbres que nos rodean de color blanco. Iago sale de la autocaravana cada mañana a verlas emocionado. 

Dormimos casi al pie de la muralla del Castillo de Brunforte (que se puede visitar y guarda auténticas reliquias) y el parque de Girone, explanada ajardinada de árboles caducos. Según dicen, pasadizos y túneles secretos unen el castillo con edificios antiguos que se reparten por todo el centro histórico. El color arcilla de las murallas se potencia en las puestas de sol, quitando el aliento al ver entre las ramas retorcidas como el horizonte de colinas suaves se rinde al día y las bandadas de estorninos juegan a despedir las luces.


No sabemos cuánto nos quedaremos ni a dónde iremos después, de momento seguimos buscando niños por las tardes [...] arrullados por el abrumador silencio, deleitándonos con los Apeninos en frente y entendiendo como mueren las hojas en este otoño

Recogemos la hogaza de pan ecológico en el foro de Terrá Próspera un día si y otro no, paseos cortos de última hora que no se por qué tienen una magia especial, quizá la ilusión de cenar luego una crema de verduras con este pan jugoso que huele a leña. Alguna noche vamos a lo de Pino, a la Taverna, pues aunque aquí el terremoto ha pegado fuerte, la pandemia ha pasado suave y la gente se reúne con alegría allí a escuchar música en directo. 


No sabemos cuánto nos quedaremos ni a dónde iremos después, de momento seguimos buscando niños por las tardes, esperando a que los rayos de sol carguen la placa solar un poquito, lo justo y necesario para llegar a mañana, y viendo pasar estas semanas arrullados por el abrumador silencio, deleitándonos con los Apeninos en frente y entendiendo como mueren las hojas en este otoño, en el que huele a chimenea al caer la tarde, Europa parece que vuelve a colapsarse y sentimos que la tranquilidad es tan tranquila que resulta inquietante.


O. 

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