• Olajui

Relato personalizado IV: "EL juego de la vida"

Aquí el IV relato del proyecto escritura y creatividad: "Relatos personalizados".

Pongo letra e imaginación a vuestras fotos, centrándome en vuestros temas o solicitudes, cuento historias inventadas, las vuestras propias o trato de aproximarme a ellas. Pinto con fantasía lo cotidiano y remuevo las tripas invirtiendo contextos. Una imagen dice más que mil palabras, y a mí me gusta jugar con ambas, imagen y letra. Hago envíos del diseño final en formato "cuadro" para que puedas exponerlo en el rincón preferido de tu casa, hacer un regalo original o dar voz a lo que ya vio tu retina y luego capturó tu objetivo. Juego a darte diferentes versiones de lo ya fue para ti.


Este es un relato cualquiera, de una escena cotidiana en una familia cualquiera. La foto la envía @gratzicanarias y solicita el tema "El juego". Jugamos desde que nacemos hasta que morimos, pero pocos son conscientes de ello. Crecemos y se nos olvida que seguimos jugando. Las prisas, las rutinas y el cansancio nos apartan de sentir el juego en el que hemos nacido, menos mal que a veces, por suerte, tenemos fieras hambrientas que nos traen a la realidad, y nos hacen olvidarnos del ruido. Gracias Graciela por esta foto y este tema tan inspirador, me he sentido muy identificada. Espero que os guste leerlo tanto como a mi me gustó escribirlo. Definitivamente no hay más juego que el juego de la vida.


Aquella tarde había demasiadas cosas para hacer. Los platos estaban sin fregar y había grandes pelusas que rodaban por el pasillo. Ella llegó de trabajar hastiada, sin fuerzas. Una guardia de 24 horas como siempre la había desplomado. Sus manos aún olían a quirófano y en su tacto todavía sentía el metálico frío esterilizado de la camilla. Entró y saludó casi con miedo. Tratando de evitar que algún monito saltarín la abordara desde detrás de la puerta y se le colgara al cuello. ¡El cuello! ¡Cuánto le dolía el cuello hoy! Sin embargo... silencio. Entró sin decir nada más y cerró la puerta con cuidado.

En el salón pudo ver un montón de juguetes tirados por el suelo y un par de tazas vacías sobre la mesita. Suspiró. Sería mejor que se pusiera a recoger cuánto antes. Iba a ser imposible sentirse a gusto y descansar con la casa hecha un cisco. Lo que ella obviaba aunque lo supiera, era que sus “monitos” la estaban esperando como bestias depredadoras. Depredadores hambrientos de mamá, hambrientos de contacto, hambrientos de juego.

Se sentó despacio en el sofá y entonces escuchó un par de gritos que se acercaban corriendo por el pasillo. Lo supo. No podría descansar. Su lucha hoy aún no había terminado. Se le subieron encima y la acorralaron, casi no tenía fuerzas para moverse y ni intentó zafarse. Estalló entonces la vida en el salón y el hogar fue hogar. Se dejó ir. Se rindió al destino y se dejó abrazar. Se dejó morir para nacer de nuevo. Se dejó contagiar. Y empezaron entonces a pasar los minutos con energía renovada. Mucha excitación acompañada de cosquillas, volteretas, saltos y carcajadas. Un ritual de juego del que era imposible escapar. Él inmortalizó el momento en una preciosa foto, la misma de cada mes. Esa foto no habla ni de cansancio ni de responsabilidad. Esa foto habla de juego y amor. Un juego de normas no pactadas. Un juego de recibir a mamá y envolvernos de ella.

Esa tarde, como el resto de tardes, jugaron al juego de la vida y acabaron siendo un nudo piernas y brazos, de exquisito tacto, olor y temperatura.


O.

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