• Olajui

Historia basada en pequeños hechos reales


Escribo desde muy pequeña. De niña me recuerdo inventando cuentos que regalaba a mis amigos cuando estaban de cumpleaños. Dedicaba buena parte de mi tiempo a inventar e imaginar, luego escribía, hacía dibujos y encuadernaba en algunas ocasiones, con su portada, su autoría y su fecha. Escribía también muchas listas de cosas que quería ser de mayor, para que nunca se me olvidasen, curiosamente no recuerdo escribir que de mayor quería escribir.


Después me recuerdo un poco más adelante escribiendo muchas historias que nunca llegaban a tener un final, cuentos y creatividad que se quedaban a medias. Un archivador negro con muchas historias sin acabar. Después vino la etapa de los diarios y empezaron los relatos con tono más dramático, más poético, más metafórico. Ya el pensamiento abstracto, filosófico y difuso que te da la adolescencia despuntaba. Escribía poemas o reflexiones que dejaba escondidos por mi habitación, detrás de los cuadros, dentro de los marcos de fotos o en algún bolsillo. Era difícil diferenciar cuando los escondía o cuando los perdía. El caso es que yo me olvidaba y mi madre se los iba encontrando.


Llegué a escribir una "pseudo-presentación" sobre la pintura de una amiga de mi padre. Lo publicaron en el folleto informativo y asistimos a la inauguración de su exposición. No había nadie de mi edad. Allí conocí a una señora delgada y enjuta, con las cuencas de los ojos parecidas a las de un esqueleto y los labios muy rojos. Hablaba muy rápido y era una de estas personas que no entienden el margen de los espacio personales, de esas que se acercan demasiado para contar cosas de manera muy entusiasta, casi una caricatura de algún personaje creado por Tim Burton. Me habló muy acelerada sobre una enfermedad que tenía, algo así como "lectora compulsiva en tratamiento" porque solo quería leer y leía de todo y cuanto más leía menos comía. Sinceramente, en aquel momento me horrorizó conocerla. En agradecimiento, la pintora me regaló un cuadro de dimensiones considerables que no cabía en las paredes de mi habitación: era el único cuadro de toda su colección que realmente me había dejado sin palabras.


Un día, 16-17 años, mi profesor de literatura, uno de esos profesores dignos de admiración, de los que consigue captar la atención del alumnado, no sólo de conseguir que la clase se mantenga en silencio a última hora un día de sol, me animó a presentar uno de mis relatos a un certamen. Mi relato fue seleccionado. Vino el periódico local al Instituto a entrevistarme, mi familia estaba entusiasmada y yo en parte también, el regalo era un lote de libros y una sustanciosa cantidad de dinero para una adolescente, en la otra parte, mi dimensión insegura pensaba: “tierra trágame”. El día de la recogida del premio toda mi clase, junto con mi profesor de literatura me acompañaron. Algunos compañeros me agradecieron “organizarles la excursión”, no sin antes hacerme comentarios sobre la poca gente que se había presentado al concurso y la pinta de raros que tenían el resto de premiados. “La escritora”, me llamaron en tono de burla durante el resto de curso académico. Mientras mis compañeros se sentaron en ese salón de actos en última fila, yo estaba sentada en la segunda, al lado de esos “raros”, escuchando el discurso de un jurado que me daba igual. Si miraba a las filas del medio, veía las miradas de orgullo de mis padres, mi abuela y creo que algún otro familiar. Mi abuela aún tiene en su salón la foto que ese día nos hicieron juntas, con mis cachetes colorados sonriendo y su mirada empañada.


Después de aquello vino una etapa de silencio en la que yo ya no quise escribir más públicamente, y en el que durante mucho tiempo me escondí a mí misma. “Escribo para mí” me defendía cuando en mi casa me animaban a que me presentase a más certámenes o a que compartiera lo que escribía. Después de unos 4 años de desorientación académica y laboral estudié educación social y me dedique durante otros 4 a escribir proyectos, resúmenes, reflexiones, críticas e investigación social. Seis meses de beca estudiando en la Habana me acercaron a una escritura más técnica, más relacional, más crítica, más social, más densa y también mucho más cansina. Pero fue esa época un punto de inflexión a mi escritura más personal. No hablaba por teléfono con mi casa, así que escribía mails a modo diario de viaje. Algunos los enviaba a mi familia cuando llegaba mi turno en la “sala net” de la facultad (15 min. de turno en una sala con 8 ordenadores muy lentos a repartir entre más de 300 alumnos, si en tu turno se iba la luz, cosa muy habitual, computaba igualmente el uso que habías hecho calentando la silla). La gran mayoría de mails nunca vieron la luz, se quedaron guardados en una carpeta que se llamaba “Amo el malecón”. Lo perdí todo el día que, unos años después, perdí también mi disco duro portátil.


Hasta que más adelante no llegaron los viajes yo no volví a escribir disfrutándolo, no conseguía sacar ni tiempo ni motivación, todo eran proyectos, objetivos, justificaciones teóricas, metodología, contexto histórico y demás animales.


La época de mochilera me abrió el alma, yo me saqué telarañas y empecé a rellenar libretas y libretas que iba almacenando en mi mochila. Mi mayor carga fue mi mayor tesoro. Regalé ropa y enseres básicos para equilibrar el peso de las libretas ya escritas. Estando en Calcuta estuve ingresada por una gastroenteritis 5 días. Escribí tanto en aquella habitación compartida con otras 7 mujeres bengalíes durante tantas horas seguidas, que hasta vino a visitarme una psiquiatra que me pedía que le tradujera mi libreta, me preguntaba acerca de qué escribía y me hacía preguntas del tipo: “¿tu libreta es tu amiga para ti?”. Quizá también les asustaba lo que escribía porque resulta que le estaban cargando a mi seguro de viaje todas las medicaciones y material sanitario del resto de mis compis de habitación. Después de la India hice algún otro viaje, vi y viví algunas cosas a las que me resulta imposible ponerles nombre y retrocedí a la época de hace años: empezar a escribir historias que se quedaban a medias, parecido a cuando estas contando algo pero se te forma un nudo en la garganta que te impide continuar de manera templada, pues eso.

Hace unos años, ya en Tarifa y siendo madre, hubo un incendio cerca de nuestra casa, un amigo bombero nos sugirió que metiéramos nuestras cosas más importantes en un par de bolsas porque el viento soplaba en nuestra dirección, “por si las moscas”, dijo. Lo primero que hice fue abrir el cajón de mis libretas y guardarlas con el ordenador y el disco duro. Ya en esa época a Iago le escribía yo con teclado y mucho anonimato. Escritura como terapia personal, un repunte de creatividad en mi embarazo, poema suelto en lactancia y luego el lápiz sin afilar de nuevo. Volvía la escritura gris y técnica: proyectos, informes y memorias.


En mayo del año pasado simplemente me desperté. Un día salió el sol y tuve una idea, un sentir, me dejé llevar por una corriente mágica y natural. Si ahora lo intento no me sale. Durante un mes y medio madrugué todos los días a las 05.30 a.m para sacar tiempo para escribir: café, meterme en mi burbuja creativa un rato (con la casa en silencio), ducha y después trabajo, maternidad, proyectos familiares y ocio. Esas mañanas empecé a leerme como nunca. Hoy puedo decir que hace un año que me enamoré un poco. Empezaba de nuevo el movimiento también, un viaje en familia que sería un despertar en muchos aspectos. En esas mañanas abrí también este blog y desde entonces salgo de la sombra, con la intención absoluta y la promesa férrea de mantenerlo en el tiempo y no acabarme apagando. Aunque todo se verá, pues esta soy yo: letras inconexas, escritura volátil, lápiz a medio gas y corazón a media tinta. Esta soy yo, historia entre recuerdos, complejo entre caracteres, miedos escondidos, frases malsonantes y escritura clandestina. Estoy un poco hecha de todos los rincones en los que me he acurrucado entre mis ideas, con mi folio en blanco, mis caminos desconocidos, mi caligrafía redonda y mis faltas de ortografía.


O.


151 vistas
  • Facebook icono social
  • Instagram

Babyvanblog