• Olajui

El primer viaje


Cuando Marco y yo nos conocimos nos pasamos una semana entera hablando sobre nuestros sueños, poniéndolos en común y viendo cómo nuestras expectativas coincidían. Hablábamos de aventuras, de recorrer el mundo, de anteriores viajes y de destinos preferidos, pero sobre todo hablábamos de poder compartirlo. Nos estábamos tanteando, nos estábamos oliendo el culo y marcando territorio. Nos inspiraban las mismas películas y las mismas canciones. Y sin darnos cuenta ni poder evitarlo nos enamoramos. Poco tiempo después decidimos que queríamos tener una familia juntos, pero aún no habíamos viajado. Sin embargo las prioridades empezaban a ser otras. Ya no nos importaba no viajar lejos o solo con lo puesto, o improvisando, o que no fuera a corto plazo. Recuerdo que un día le dije “¿Y si se complica esto de querer viajar?” Él me dijo: ¿Quién dice que está prohibido que las familias viajen?”

Nació Iago y con él nacieron también las ganas de enseñarle el mundo entero, dárselo a sus pies, pero no sabíamos cómo. Sin embargo la vida nos dio un giro, o nosotros se la dimos a ella, aún no lo tenemos claro. Ese giro fueron unos 7 meses de (re)conocerse y posicionarse de nuevo en el mundo, tomar decisiones, marcar objetivos, soñar de la mano y activar estrategias. Como resultado nos compramos “la gorda”. La gorda es el billete a la libertad. Una autocaravana del 89 que suena a carraca y huele a vintage. La Gorda ha sido el trampolín que nos ha permitido saltar al vacío y entrar en la zona de pánico: sentir y acariciar un tipo de “viajar en familia” del que ahora ni por asomo queremos desprendernos. En ella nos subimos, cargados de emoción, con muchas preguntas que se fueron respondiendo con el paso de los dos meses que hemos podido viajar de manera continuada como primera experiencia.


Después de 10 días en casa de los padres de Marco, dejándonos querer mucho y poniéndola a punto, arrancamos con muchas emociones a flor de piel. La primera noche, casi sin saber cómo acomodarnos, cómo hacer las camas, cómo abrir armarios sin darnos en la frente o cómo abrir el toldo, a Iago le subió la fiebre demasiado. 40 grados y nosotros muy poco preparados, ni farmacia ni hospital cerca, ni siquiera antitérmicos en la maleta. Nos sentimos irresponsables, malos padres y muy poco previsores. ¿Cómo lo estábamos haciendo así de mal? Cambiamos unas galletas que había hecho la “nonna” por un poco de ayuda y así conseguimos pasar la noche sin que la fiebre subiera más. Llegamos a las siete de la mañana siguiente al Hospital de Piacenza, con Iago en brazos y muertos de angustia. Allí le hicieron muchos análisis que yo no entendí como rutinarios, aunque sí que lo eran. En la planta pediátrica aparecieron también unas mujeres clown con globos y yo me puse en lo peor (no estoy acostumbrada a una atención sanitaria pública con tantos servicios y tan adaptada a la infancia, así a la primera). En otra época me hubiera encantado y hubiera hecho muchas preguntas. Esa mañana lloré, lloré mucho y me sentí lo más pequeña del mundo, mis miedos se proyectaban en mi responsabilidad de madre. Apareció mi queridísima compañera de vida, la “señora culpa” y empecé a tratarme fatal. Quería volver, quería retroceder, devolver la gorda y volver a casa. Pero por suerte nada de eso pasó.

Iago se recuperó rápido, un colmillo tonto que le bajó las defensas cuando empezaba a despuntar. Pasamos unas horas de descanso en una zona nada idílica de las afueras de la ciudad, en las afueras de la estación de tren, pegaditos a las vías para ser exactos. ¿Era esta la realidad que del viaje? ¿Era la cara oculta de la luna? ¿Qué hacemos? ¿Volvemos a casa o continuamos? Después de mucha reflexión y debate nos dimos cuenta de que había algo que contra viento y marea, y arrasando toda inseguridad y remordimiento por delante, nos arrastraba a continuar. Y así, con esa inercia continuamos. Para la primera semana habíamos planeado rutas, paradas, servicios, actividades, tiempos y distancias. Fue un error.


El tercer día ya habíamos cambiado completamente nuestra ruta y, estando en Cinque Terre, Monterosso al Mare, nos despertamos con una gotera en la cara. Nos pilló una tormenta que duró unas 12 horas de encierro en la gorda, con rayos y truenos que nos hicieron preguntarnos sobre nuestra seguridad. Muchas preguntas sobre si quedarnos enchufados, sobre si estaríamos bien aislados, sobre si deberíamos irnos, sobre que “cómo vamos a conducir con Iago y la que está cayendo”, sobre si saldrían más goteras si nos quedábamos donde estábamos, que qué tipo de compra hemos hecho, que qué ingenuos hemos sido, “¿seremos capaces de arreglarla?”, “no tenemos el material necesario”, etc, etc. Me sentía estúpida, ¿en qué momento se nos había ocurrido, con un niño de un año y medio, sin tener ni idea de autocaravanas, meternos en esta historia?. Quería volver, quería retroceder, devolver la gorda y volver a casa. Pero por suerte nada de eso pasó.

Después de alguna siesta, una película en el ordenador con la poca batería que quedaba, un par de comidas, jugar con plastilina, cantar canciones y obviar la gotera empecé a entender que lo único que importaba era el tiempo en familia que nos estábamos regalando. Ese día no importó el clima, ni la ubicación, ese día solo nosotros tres, sin interferencias, viviendo con paz cada gota que resbalaba por el cristal, disfrutando los tres juntos de nuestro encierro involuntario. Nos reubicamos, nos sentimos y nos vimos. El viaje nos “regalaba” un súper temporal en pleno julio que supimos disfrutar. Nunca pensé que en un espacio tan reducido se nos pudieran ocurrir tantos juegos y nos pudiéramos sentir tan serenos. Fue el reto a nuestra mater- paternidad que superamos con creces. Y eso nos ayudó a confiar en nuestro equipo como cuando estábamos en casa. Ahora nuestra casa era más pequeña por dentro y más grande por fuera, tenía goteras también y además se movía cuando lo necesitábamos.


Cuando empezó a escampar nuestros vecinos empezaron a salir de sus casitas con ruedas. Le pusimos un chubasquero a Iago y salimos a compartir nuestro día con otras familias que no conocíamos. Nos dejaron una escalera, nos ayudaron a reparar nuestra filtración y jugaron con Iago. Recuerdo con especial cariño a un hombre tartamudo que reunió a los pocos niños que por allí había y con muchas narices rojas de payaso empezó a hacer magia y robar sonrisas. A partir de ese momento todo empezó a mejorar. Ese día empezamos a confiar en nuestra capacidad de hacer lo que estábamos haciendo y a creérnoslo también. Y entonces el camino se empezó a mostrar ante nosotros. Lo vimos con claridad. Con el tiempo nos dimos cuenta que nuestra necesidad inicial de controlarlo todo era en el fondo nuestra necesidad de sentirnos seguros, y que sin embargo era lo único en lo que estábamos metiendo la pata. Tan solo nos estábamos complicando la vida. No somos así y no es así cómo sabemos viajar. Ni siquiera es así como sabemos vivir. Yo nunca hubiera pensado que podía aplicar mis maneras de viajar sola viajando en familia. Pero no era tan diferente. Era dar protagonismo a las necesidades del más pequeño, que precisamente es el que movía y mueve nuestra serenidad y felicidad.


Fue Iago el que nos trajo a nuestra parte más instintiva de nuevo. Nos ayudó a bajar el ritmo y empezó a marcar los tiempos de sueño y de hambre, las distancias y ratos de trayectos que toleraba. Y así empezamos a disfrutar de cada parada y cada kilómetro.

Era exactamente lo que tenía que ser, y saberlo nos hizo sentir en paz. Él nos recordó cómo se viaja, y no fue tan diferente a los viajes que habíamos hecho en solitario. Nos creamos una rutina dónde madrugábamos con el sol, hacíamos el café y abríamos la puerta a un mundo nuevo. Charlábamos con los vecinos, subíamos a Iago en la mochila, en otra metíamos merienda y bañadores y nos lanzábamos a explorar la zona en la que estábamos. Él se adaptó tan bien que las siestas las dormía sin protestar, estuviese donde estuviese, tan solo cuándo tenía sueño; ya podía estar subido a la mochila mientras nosotros paseábamos por algún pueblo, en brazos mientras estábamos sentados en una terraza, dentro de la gorda después de comer, en el carrito o mismamente en la toalla debajo de una sombrilla. Simplemente cerraba los ojos y se dormía. Y era tan extraño como sorprendente, en casa siempre había necesitado su horario y ayuda…¿O habíamos sido nosotros que así lo habíamos dispuesto?


Nos maravillamos con Cinque Terre, conocimos a otras familias, nos bañamos en aguas cálidas y cristalinas. Iago montó por primera vez en barco y en tren. Pedíamos recomendaciones a las personas de la zona y sucumbíamos al día cuando se iba el sol. Paseamos mucho en bicicleta, por pinares y paseos marítimos. Un verano azul. Cada vez nos manejábamos mejor en un espacio reducido, Iago empezó a coger sus rutinas también dentro de la gorda y hacer suya su cama y estante de los cuentos. Él iba de copiloto y empezamos a inventar juegos de carretera que lo entretuviesen especialmente para poder ampliar distancias recorridas. Estábamos felices. Disfrutamos del interior de la Toscana, llanuras y colinas amarillas que olían a hierba recién cortada, cipreses detrás de los cuales se acunaba el sol en el atardecer. Nada faltaba y todo era más que suficiente, y con lo que había: un sitio nuevo cada mañana, un olor diferente, sabores fresquitos, músicas diversas y novedades que a Iago le asombraban, bastó para sentir tanto por dentro que empezamos a brillar por fuera.

Nuestras intenciones iniciales no se cumplieron porque empezamos a leernos los ojos y escuchar el camino, que nos iba llamando detrás de cada curva. Así sentimos la llamada de Cerdeña. Por instinto, sin pensarlo y anulando el resto de nuestros planes, compramos un billete de ferry para ir de Civitavecchia a Olbia. Antes visitamos amigos y familiares en Umbría, nos dejamos querer un poco y disfrutamos de un ambiente familiar y acogedor. En Cerdeña la cosa cambió, el calor empezó a ser más húmedo y empezamos a necesitar más sombra. El norte fue más complicado para viajar con camper, debido al turismo y las prohibiciones, pero nos escuchamos rápido y empezamos a bajar. Fue ese el momento en el que empezamos a desarrollar la capacidad de saber al instante cuándo queríamos quedarnos más tiempo en un sitio y cuándo sentíamos la necesidad de marcharnos a otro. Fue algo que surgió de manera tan natural que no podría explicar lo que hay que hacer para sentirlo. Bastaba una mirada y a veces ni eso, simplemente empezábamos a recoger a la vez, cuando era el momento. Digamos que el viaje empezó a movernos como si fuésemos sus títeres.



Abandonamos el control por completo y fue maravilloso. Aprendimos a aparcar orientándonos de tal manera que el sol no nos molestase a primera hora de la mañana. Aprendimos también a hacer a compra al día para que no se nos estropease la comida en nuestra nevera, que no enfriaba si no estábamos enchufados a la 220W. Aprendimos a economizar agua y electricidad y entonces empezamos a espaciar también nuestras paradas en áreas camper o campings hasta cuatro días. Cuatro días de libertad salvaje y una de servicios y comodidades. Tengo que admitir que con esto de tener que vaciar aguas y rellenar tanques, pospusimos las duchas con jabón para los días en los que teníamos más servicios a mano. La ducha del camper es algo que usé una vez en dos meses. Usábamos las duchas de agua dulce de las playas para sacar el salitre y nos lavábamos el pelo con champú cuando parábamos para recargar la energía de la gorda.


En cada playa en la que caíamos sacábamos nuestra artillería pesada y vendíamos a otros turistas pendientes, pulseras o tobilleras. Como si ellos fueran más guiris que nosotros. Solo una hora de trabajo al día era suficiente para poder mantener los gastos del día. A la gente le hacía gracia mirarnos, ver a Iago, único niño desnudo en la playa, corriendo y jugando con Marco a mi alrededor, o queriéndome ayudar a llevar el maletín que guardaba cosas de brillos dorados y estilos playeros. Creo que gracias a Iago también vendimos el doble de lo que podíamos haber vendido.


Al atardecer, Marco cocinaba mientras Iago y yo pintábamos, jugábamos con plastilina o tirábamos piedras al mar. Sé que desprendíamos luz. Después de cenar yo dormía a Iago y cuando tardaba demasiado en salir, Marco venía a buscarme y confirmar que me había quedado dormida también, me despertaba sonriendo y yo salía. Le agradecía que me despertase. Una ratito para usar nuestra mirada cómplice y verbalizar la felicidad que sentíamos, nuestra admiración por el sitio en el que estábamos, recordar las anécdotas divertidas durante el día, los aprendizajes de Iago y los nuestros, charlar sobre nuestro hacer de madre y padre, evaluarlo, poner en común y concluir el día, ver mapas para nuestra siguiente parada y besarnos bajo cielos estrellados, con el rumor del mar de fondo. Nos alineamos con todas las galaxias del mundo y sudamos salitre durante varias semanas.



Durante nuestra vuelta a Cerdeña también pasamos otras fiebres, subimos a otros barcos, visitamos cuevas, comimos mucha fruta, hicimos amigos, fuimos a fiestas, bailamos, nadamos, nos quisimos y sacamos muchas fotos. Llegando a Porto Torres para coger el ferry que nos traía de vuelta a casa empecé a sentir miedo de nuevo. ¿Cómo íbamos a ser capaces de cambiar de nuevo las rutinas? ¿Sería la llegada más difícil que la salida? ¿Y Iago? ¿Notaría la diferencia?


Primera noche en la península y de nuevo fiebre. Además de eso controles de tráfico, problemas con la matriculación de la gorda y pieza de transmisión rota. Una avería que coincidió en un taller muy lento, con los festivos de agosto de por medio y tres semanas de parón. Las últimas tres semanas que teníamos a nuestra disposición nos vimos obligados a quedarnos en el mismo sitio. ¿Era eso parte del plan? Ahora tenía prisa por moverme, me sentí enjaulada sin la gorda. Recordaba los primeros días cuando quería devolverla y ahora estaba dispuesta a pagar todo el oro del mundo por recuperarla. Fueron días muy lentos y casi iguales. Me sentía como en el día de la marmota y me faltaban estímulos. Empezamos a hablar poco y perder el entusiasmo. Reconozco que viajar me da una energía especial que no encuentro de ninguna otra manera. Iago disfrutó igualmente muchísimo, estábamos con los abuelos y la bisa y eso nadie puede sustituirlo. Pero era una parada obligatoria que obligatoriamente estaba durando demasiado. Otra prueba más del camino, imaginamos. Si algún día hacemos un viaje más largo, estas cosas también pueden pasar.


Regresamos. Ahora entiendo que este viaje ha sido el primer paso de algo más grande. Ha sido la preparación del siguiente. Hemos vivido lo bueno y lo malo, nos hemos enfrentado al reto de la mater-paternidad fuera de la zona de confort, lejos de las comodidades. ¿Y sabéis qué? Me arriesgo a decir que me gusta más. No tiene precio, pero sí tiene peligro, te enfrenta a ti misma y te pone patas arriba. Es más adictivo de lo que yo imaginaba. Ahora sé que nuestra manera de viajar el mundo no podría ser de otra forma, o quizá sí, ya no doy nada por hecho. Solo sé que cada vez me conozco menos. Ahora entiendo que el viaje ha jugado con nosotros, y nos hemos dejado zarandear. Nos ha zarandeado tanto que aún seguimos confusos y mareados, tratando de construir el puzzle de lo que ha sido, recogiendo piezas desperdigadas entre fotos ya hechas, recuerdos ya vividos, carreteras ya rodadas y sueños ya cumplidos. Ahora dejando que la vida nos siga reorganizando para ir a por el siguiente.

O.


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