• Olajui

El límite.

Hubo una etapa en la que fui muy caballo desbocado,

muy yegua salvaje sin freno.

Era muy agua y muy luna, muy sangre y muy hueso.

Pero también era muy prepotente y orgullosa.

Una combinación perfecta, una bomba explosiva.

Y así explotaba, empapada en sudor, sola o acompañada,

arrastrando todo lo que estaba a mi paso.


En esa época yo, que me creía muy libre,

arrastraba las cadenas más grandes.

Yo, que me sentía muy ligera, cargaba con la mochila más pesada.

En esa época, yo, que estaba muy segura de mi identidad,

seguía buscándola sin saberlo.

Mis convicciones eran mis pensamientos más limitantes,

y mis acciones militantes rozaban con todo y con todos.

La excusa perfecta para buscar lucha,

para buscar guerra,

para descargar ira.


Presidenta de mi propio parlamento,

me convertí en dictadora de mí misma:

látigo en mano y rabia en la lengua,

miedo en la frente y vergüenza en espejo.


Y con el argumento de buscar libertad y romper cadenas,

huía y huía sin saber de qué,

aunque era de mí misma, una y otra vez,

en dirección a la nada,

con la brújula rota y la adrenalina por bandera,

obviando el riesgo, descartando el peligro,

sufriendo en vano y muriendo a veces.


Romper los límites era mi estilo, y lo conseguía.


Hasta que me pasé de la raya y salté al vacío:

Vi el infierno en las líneas de mi mano.


La vida me limitó a mi, ya no limitaba yo la vida.

La vida me corrió a mí, ya no le corría yo a la vida.

La vida me galopó desbocadamente y dejé de ser y de estar:

se secó el océano, me desmayé anémica, se apagó la luna y dormí en cenizas.


Entonces, muy desorientada, dejé de buscar y dejé de huir,

reseteé todo aquello que pensaba y regresé a la cueva,

agache la oreja como perra famélica y me dejé cuidar por aquellos que me querían.

Después de eso, dejé ser mujer

y me convertí en Ave Fénix por un tiempo.


Y ahora que hablo menos y escucho más,

no busco ventanas cerradas,

concilio caminos y encuentro puertas abiertas.

Y ahora que al mirarme al espejo desnuda ya no veo rostro ni carnes,

ya no me arde la lengua ni me tiemblan las ideas.

Y ahora que soy yegua dócil:

vuelvo a ser agua, a veces limpia y a veces sucia;

y luna también, a veces creciente y a veces menguante;

y sangre que sangra a veces, y a veces se coagula;

y cuando me toca ser hueso, a veces me fracturo para luego soldarme.


Y así he comprendido que natura perfecta es:

cueva con grietas y luz con sombra,

semilla que crece y fruto que brota,

carne roja y también putrefacta,

y que la vida degolla y mata,

por que la vida también es muerte,

y que la muerte no es un destino,

sino un límite que nos dice:

"todo lo que hasta ahora conocías, ya no es.

Búscate la vida",

(la nueva... imagino).


O.

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Hoy solo quiero escribir, escribir sin importarme lo que escribo, escribir sin importarme sobre qué escribo, sin atender a encargos, a contenidos coherentes o a valor añadido. Hoy solo quiero escribir

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